2026-10-13 · ← Noticias
Un micrófono oculto tras la tele de OpenAI: la fiscalía lee ahora los prompts que ayudaron a montarlo
Según la fiscalía federal, el ingeniero de OpenAI Abdulrahman Alfozan escondió un dispositivo de grabación cifrado en la sala de la dirección tras pulir los detalles con un chatbot. El caso muestra que los secretos de los laboratorios de IA se escapan a través de personas y salas, y que el historial de prompts se está convirtiendo en prueba.
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El Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo públicos el 13 de octubre los cargos contra Abdulrahman Alfozan, ingeniero de OpenAI de 35 años y ciudadano saudí. Según la fiscalía, escondió un dispositivo de grabación detrás de un televisor en la sala donde la dirección habla de investigación, productos y relaciones con el Gobierno. Junto a las imágenes de las cámaras, el expediente recoge consultas a un chatbot que, según los investigadores, precedieron a la instalación.
Detrás de la tele de la sala de dirección había una placa con micrófono y una tarjeta cifrada
Alfozan trabajaba en OpenAI desde julio de 2025. Según CBS cobraba 385.000 dólares al año y recibió acciones por valor de 2,2 millones de dólares al incorporarse. La denuncia sostiene que el 28 de septiembre conectó el dispositivo a un puerto USB en la parte trasera de un televisor de una sala de dirección en San Francisco. Estaba envuelto en papel higiénico, el contenido de la tarjeta microSD estaba cifrado y el aparato se había modificado para no intercambiar datos con la tele. Seguridad lo encontró el 30 de septiembre. Según Tom's Guide, era una pequeña placa de desarrollo Seeed XIAO ESP32-S3 Sense con micrófono.
Las cámaras captaron a Alfozan junto a la sala varias veces, aunque no tenía acceso a ella. El 5 de octubre volvió a entrar y miró detrás del televisor. Ese mismo día dejó una bolsa en otra sala. Dentro, seguridad encontró su cartera, su documentación y un segundo dispositivo parecido.
Antes de la instalación, según la fiscalía, consultó una herramienta interna sobre direcciones de edificios, capacidad de las salas, calendarios y lugares de reunión de la dirección. Una cuenta de chatbot vinculada a su esposa compartía identificadores con la suya. Entre el 24 y el 30 de septiembre preguntó cómo «construir una grabadora de audio continua», mejorar la «escucha en directo» y «cifrar la tarjeta SD». Algunos prompts citaban la cabecera y la dirección MAC del aparato encontrado. Los documentos públicos no dicen de qué chatbot se trataba.
Lo detuvieron el 9 de octubre, tres días antes de un vuelo solo de ida a Riad. Según la fiscalía, se escribía por WhatsApp con un miembro de la familia real saudí que intentaba captarlo para una iniciativa saudí de IA. Su esposa y su hijo de tres meses se marcharon al día siguiente de la detención con billetes en clase business que, según el expediente, pagó un militar saudí. El 19 de octubre el juez Alex Tse rechazó dejarlo en arresto domiciliario, y OpenAI lo ha despedido. Por ahora son acusaciones, no una culpa probada.
El camino más barato hacia los secretos de un laboratorio de IA pasa por un puerto USB
Durante los últimos años, el debate sobre la seguridad de los laboratorios de IA ha girado sobre todo en torno a los pesos de los modelos. En 2024 RAND propuso una escala de seguridad cuyos niveles más altos contemplan atacantes con recursos de Estado. Este caso apunta a otro lugar. Los pesos son un archivo enorme que se puede encerrar y vigilar. La estrategia, los planes y las conversaciones con el Gobierno se dicen en voz alta en una sala con televisor.
El expediente afirma que la dirección de OpenAI se reunió con representantes del Gobierno en esa misma sala por las fechas de la instalación. Para cualquier país que esté levantando su propio programa de IA, la grabación de una reunión así vale más de lo que puede medir cualquier benchmark. Por eso tanto el fiscal federal como el director del FBI, Kash Patel, hablan de seguridad nacional.
La segunda lección vale para cualquier empresa que da herramientas de IA a su plantilla. Las consultas a herramientas internas y chatbots quedan registradas. Los investigadores lograron vincularlas a un dispositivo concreto hasta su dirección MAC. Los equipos de seguridad ganan una nueva pista para investigar a personas de dentro. La plantilla recibe un recordatorio: el historial de prompts funciona como un diario que pueden leer la empresa y un tribunal.
De momento, la acusación se apoya en una ley de escuchas con un máximo de cinco años
El discurso oficial y el cargo concreto todavía no encajan. El comunicado del Departamento de Justicia llama a OpenAI empresa de «super intelligence (SI)» y el FBI habla de proteger la «innovación estadounidense en SI». Sin embargo, Alfozan está acusado en virtud de 18 U.S.C. § 2511(1)(b), por usar un dispositivo para interceptar comunicaciones orales. Se enfrenta a un máximo de cinco años de prisión y una multa de 250.000 dólares.
Los documentos públicos no aclaran si alguna grabación llegó a salir del edificio. La tarjeta estaba cifrada y, según Tom's Guide, OpenAI explicó en X que sus propios modelos ayudaron a su equipo de seguridad a analizar el aparato. El vínculo con Arabia Saudí se basa por ahora en mensajes de WhatsApp y en quién pagó los billetes. Nada de eso ha pasado todavía por un tribunal.
Todo depende de si a las escuchas se suma un cargo por actuar para un Estado extranjero
El caso se apoya por ahora en una denuncia penal; el siguiente paso es una acusación formal de un gran jurado. El exingeniero de Google Linwei Ding sirve de comparación. La fiscalía lo acusó en 2024 de robar secretos de IA para empresas chinas y añadió cargos de espionaje económico menos de un año después. Si aquí ocurre algo parecido, la historia del papel higiénico se convertirá en uno de los casos de seguridad más graves del sector. Si se queda en escuchas, se parecerá más a la de un empleado que quería marcharse con información valiosa.
La segunda señal llegará de la competencia. Anthropic, Google DeepMind y xAI afrontan el mismo riesgo y emplean a personas de muchos países. Conviene vigilar si empiezan a hablar en público de revisiones físicas de las salas y de cómo usan los registros de sus herramientas de IA para vigilar a su propia plantilla. Ahí chocarán la seguridad de la empresa y la privacidad de los empleados.
El veredicto de Lilith
El laboratorio al que el FBI ascendió en su comunicado a fabricante de superinteligencia tenía en la sala de dirección un agujero del tamaño de un puerto USB, tapado con un puñado de papel higiénico. Lo que debería asustar de verdad a los futuros espías es que la fiscalía cita sus preguntas al chatbot palabra por palabra.